Llego unos minutos tarde y Claus ya está en mi casa. Lo encuentro sentado en el sillón de mimbre, frente a la ventana, con pantalones de cuero, tirantes, camisa blanca y una nariz de payaso.
¿Listos?, pregunta. Rato depués, ya equipados con todo lo necesario para esta tarde (una sillita y una cajita metálica) nos trepamos a un taxi rumbo a la plaza principal.
A través de la máscara lila, bajo el gorro larguísimo del mismo color, y tras el acordeón veo a los transeúntes mirarnos con sorpresa. Estamos en el centro de la plaza. Con la música, las señoras detienen su camino, los niños paran la oreja y ni intentan reprimir la sonrisa que voltea su mirada hacia nosotros. Un señor de unos cincuenta años, asiento diagonal derecha, se instala para no moverse durante todo el tiempo que nos quedemos.
A medida de que pasan los minutos y las canciones, algunos otros personajes más llegan a acompañarnos con su propia magia, por ejemplo un grupo de niños con guardapolvos casi blancos que, al terminarse sus moneditas, gritan: "¡ya! ¿ahora quién va a poner? ¡pongan ustedes!.
Después de recoger a sus dos niñas, pasa también una oficinista que acepta bailar un vals con el payaso; pasa, finalmente, una señora que se acerca a poner una moneda y parece que roza el suelo, que no camina...
El agua de la fuente sigue cayendo, metáfora de que nos vamos, pero lo demás continúa. Algunos compañeros, en el centro de la plaza, seguirán discutiendo apasionadamente los destinos del país; un viejito revelará cada día, nuevamente, los secretos de las matemáticas; los maestros del aerosol rifarán pinturas de cielos y delfines para vivir. Las palomas vendrán y se irán...y cada persona que con su propia historia a cuestas pase por la plaza, aunque no la relate dejará una estela vibrante, alimentará con sus pasos el latido de la plaza. La plaza de todos.
Contar después las monedas que se acumularon en la lata fue casi una profanación del momento. Al mismo tiempo, mirarlas nos da hoy la certeza de que no hemos imaginado todo esto.
Mientras el taxi nos lleva a casa, toco un par de piecitas...¿Qué mejor manera de terminar el día que dejar al taxista sumido en algo que nos late a melancolía?. Y lo dejamos partir, apenas iluminado su taxi con lo último que queda de sol, casi rozando no más la calzada, al vaivén de unos acordes de acordeón y de sus propios recuerdos...
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jueves, 2 de abril de 2009
domingo, 22 de marzo de 2009
Magia en un hoy y medio
El mago Rizzuto no conocía ningún truco. Su número era bien sencillo: golpeaba su galera con una varita azul y luego esperaba que apareciera una paloma.
Naturalmente, la total ausencia de dobles fondos, de mangas hospitalarias y de juegos de manos conducía siempre al mismo resultado desalentador. La paloma no aparecía.
Rizzuto solía presentarse en teatros humildes y en festivales de barrio, de donde casi siempre lo echaban a patadas.
La verdad es que el hombre creía en la magia, en la verdaderamagia. Y en cada actuación, en cada golpe de su varita azul estaba la fervorosa esperanza de un milagro. Él no se contentaba con las técnicas del engaño. Quería que su paloma apareciera redondamente.
Durante largo tiempo lo acompañaron la desilusión y los silbidos. Otro cualquiera hubiera abandonado la lucha. Pero Hirsuto confiaba.
Una noche se presentó en el club Fénix. Otros magos lo habían precedido. Cuando le llegó el turno, dio su clásico golpe con la varita azul. Y desde el fondo de la galera salió una paloma, una paloma blanca que voló hacia una ventana y se perdió en la noche.
Apenas si lo aplaudieron.
(...)
Alejandro Dolina
Naturalmente, la total ausencia de dobles fondos, de mangas hospitalarias y de juegos de manos conducía siempre al mismo resultado desalentador. La paloma no aparecía.
Rizzuto solía presentarse en teatros humildes y en festivales de barrio, de donde casi siempre lo echaban a patadas.
La verdad es que el hombre creía en la magia, en la verdaderamagia. Y en cada actuación, en cada golpe de su varita azul estaba la fervorosa esperanza de un milagro. Él no se contentaba con las técnicas del engaño. Quería que su paloma apareciera redondamente.
Durante largo tiempo lo acompañaron la desilusión y los silbidos. Otro cualquiera hubiera abandonado la lucha. Pero Hirsuto confiaba.
Una noche se presentó en el club Fénix. Otros magos lo habían precedido. Cuando le llegó el turno, dio su clásico golpe con la varita azul. Y desde el fondo de la galera salió una paloma, una paloma blanca que voló hacia una ventana y se perdió en la noche.
Apenas si lo aplaudieron.
(...)
Alejandro Dolina
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