Cuando se rompa la jaula de oro, será porque el planeta colapse. Pero qué tal si se rompe porque los enjaulados como animales –en jaulas llenas de mierda- son quienes rompen la jaula de oro y es para señalarnos la libertad? Y qué tal si estamos tan sanos y gordos que nos confunden con el opresor? Nos dará vergüenza….Y si allí mismo nos ejecutan, tendrán el derecho, porque no hicimos nada y podíamos.
El director alemán Stefan Rudotwitzky, el mismo director de “La vida de los otros” 2006, sobre un espía de la kgb de alemana oriental; presentó el 2007 una historia del otro lado del muro: sobre los nazis. No es que la vida haya sido mejor…
La historia es real, basada en el testimonio escrito por uno de sus protagonistas (título: “El taller del demonio), luego adaptado para el cine.
Relata las “aventuras” del “mejor falsificador del mundo”, para su mala suerte judío en plena época nazi. Logra mantenerse con vida sólo por el potencial de su trabajo: falsificar dólares para los nazis, que estaban a punto de perder la guerra.
Pero existe otro protagonista, el que se resiste a crear dinero para los asesinos. ¿Sobrevivir mendigando cada bocanada de aire, como una sanguijuela, que a pesar de todo no quiere avergonzarse de sentirse viva? Sólo es cuestión de tiempo… la pregunta es si vale la pena. August –el del testimonio- decide que no vale, lleva “sus principios hasta el fin” (metafísica popular con derechos registrados, ojo).
¿Pero por qué este saboteador no es ejecutado? Porque es imprescindible para la falsificación… porque es una reserva de dignidad, porque no relativiza “esa” muerte.
Las locaciones se sienten como en sueños, neblinosas, casi irreales. El falsificador sobrevive, pero lo único real en su vida es la pesadilla de aquella jaula. Afuera sigue la cárcel, actualizada, con otras reglas.
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lunes, 25 de enero de 2010
sábado, 12 de diciembre de 2009
A través del universo
Es imposible tragarse una historia mediocre y mal contada.
Aplicado al relato oral, es terrible -y queda registrado en la Historia- el momento en que el culpable carraspeó e hizo chirriar su silla, señales para que todo el mundo pusiera atención por sincero interés o amabilidad. Ese momento, en que todos renunciaron a sus conversaciones, especulaciones individuales y pusieron "play" a la tortura...
"Across the universe" se llamaba la película que vimos hace unos días, a propuesta mía. No hubo película que me hiciera sentirme más anclada en mi asiento, prisionera de la odiosa simulación de parahipnosis. Todo el mundo simuló que se la creía.
Lo peor -en este caso- no es la falta de puntos supensivos (ni si quiera hubo pasión, Sabina) sino que los puntos suspensivos estén hechos de verguenza, de todas las otras cosas útiles, bellas que no se pudieron hacer en esas dos horas, y de un perdón que aún no pedí.
Aplicado al relato oral, es terrible -y queda registrado en la Historia- el momento en que el culpable carraspeó e hizo chirriar su silla, señales para que todo el mundo pusiera atención por sincero interés o amabilidad. Ese momento, en que todos renunciaron a sus conversaciones, especulaciones individuales y pusieron "play" a la tortura...
"Across the universe" se llamaba la película que vimos hace unos días, a propuesta mía. No hubo película que me hiciera sentirme más anclada en mi asiento, prisionera de la odiosa simulación de parahipnosis. Todo el mundo simuló que se la creía.
Lo peor -en este caso- no es la falta de puntos supensivos (ni si quiera hubo pasión, Sabina) sino que los puntos suspensivos estén hechos de verguenza, de todas las otras cosas útiles, bellas que no se pudieron hacer en esas dos horas, y de un perdón que aún no pedí.
martes, 8 de diciembre de 2009
Cerezos en flor
Renacer a partir de lo perdido
La flor del cerezo es el símbolo de la temporalidad (¿de lo querido?), de lo efímero, de nosotros mismos. La película “Cerezos en flor” comienza con imágenes del monte Fuji, en Japón, que con su belleza y contundencia simboliza más bien todo lo contrario, permanece.
A pesar de las alusiones del título, la historia que narra el film comienza en Alemania. Sabiendo que su marido morirá pronto de cáncer, Trudi lo arranca de su rutina de casi jubilado, precipitando escenas muy cargadas de tensión, aunque visualmente sencillas. Los típicos reencuentros familiares revelan cuánto se puede querer a un padre de piedra; los diálogos sobre la muerte se revelan macabros al comprobarse que quien morirá es…ella.
Recién entonces su esposo –el hombre duro, el responsable, el que puede pasar 20 años trabajando tras un escritorio sin amarlo ni odiarlo- siente que ha perdido algo fundamental. Pero no puede bailar su tristeza, no puede pintarla ni cantarla; es de piedra. Le queda sólo un espantoso hueco lleno de fantasmas, fotos, kimonos; una casa callada. Nadie le regala una muerte tajante, de corte fino (casi ninguno de nosotros la merece u obtiene). Y el desahuciado sigue siendo él.
En esta densidad de situaciones, provocan sonrisas y suspiros algunas imágenes cortas, simples, bellas banalidades que relativizan lo denso. Lo temporal de un gato que camina, un pato indiferente, moscas y niños son símbolos de lo singularmente eterno, que nuestra tristeza suele sobre percibir o, en el caso de Rudi, ni nota.
El Bhuto es un baile japonés, pasión reprimida de su mujer. Es lo único que le queda ahora a él. Y su acto de amor –y de supervivencia- consiste en cumplir ese sueño, tan ajeno como para él mismo fue el acto de soñar. El escenario: Japón.
A pesar de toda la carga de melancolía que tiene la historia que cuenta “Cerezos en flor”, rebalsa esperanza y conciencia para cada segundo. Lo perdido no vuelve.
Si me pidieran contar el tema de la película en una frase, les contestaría con el título de este artículo. Conocer lo amado a partir de sus cenizas, a veces hasta hacerte ceniza también. El loco encontrado muerto al lado de un lago, al pie de una de las más bellas montañas, sabe bien por qué sonríe.
Alejandro Dolina afirma que los únicos paraísos que existen son los que hemos perdido. No voy a contradecirlo, ni afirmar lo mismo. Vaya cada uno a buscar su paraíso, no espere que muera alguien. Patee la inercia, la mediocridad. Ve a recuperar lo perdido, aunque te pierdas en el camino. Algo nacerá de tanta muerte, si lo buscas tú.
Y una canción, para acompañar lo que queda.
La flor del cerezo es el símbolo de la temporalidad (¿de lo querido?), de lo efímero, de nosotros mismos. La película “Cerezos en flor” comienza con imágenes del monte Fuji, en Japón, que con su belleza y contundencia simboliza más bien todo lo contrario, permanece.
A pesar de las alusiones del título, la historia que narra el film comienza en Alemania. Sabiendo que su marido morirá pronto de cáncer, Trudi lo arranca de su rutina de casi jubilado, precipitando escenas muy cargadas de tensión, aunque visualmente sencillas. Los típicos reencuentros familiares revelan cuánto se puede querer a un padre de piedra; los diálogos sobre la muerte se revelan macabros al comprobarse que quien morirá es…ella.
Recién entonces su esposo –el hombre duro, el responsable, el que puede pasar 20 años trabajando tras un escritorio sin amarlo ni odiarlo- siente que ha perdido algo fundamental. Pero no puede bailar su tristeza, no puede pintarla ni cantarla; es de piedra. Le queda sólo un espantoso hueco lleno de fantasmas, fotos, kimonos; una casa callada. Nadie le regala una muerte tajante, de corte fino (casi ninguno de nosotros la merece u obtiene). Y el desahuciado sigue siendo él.
En esta densidad de situaciones, provocan sonrisas y suspiros algunas imágenes cortas, simples, bellas banalidades que relativizan lo denso. Lo temporal de un gato que camina, un pato indiferente, moscas y niños son símbolos de lo singularmente eterno, que nuestra tristeza suele sobre percibir o, en el caso de Rudi, ni nota.
El Bhuto es un baile japonés, pasión reprimida de su mujer. Es lo único que le queda ahora a él. Y su acto de amor –y de supervivencia- consiste en cumplir ese sueño, tan ajeno como para él mismo fue el acto de soñar. El escenario: Japón.
A pesar de toda la carga de melancolía que tiene la historia que cuenta “Cerezos en flor”, rebalsa esperanza y conciencia para cada segundo. Lo perdido no vuelve.
Si me pidieran contar el tema de la película en una frase, les contestaría con el título de este artículo. Conocer lo amado a partir de sus cenizas, a veces hasta hacerte ceniza también. El loco encontrado muerto al lado de un lago, al pie de una de las más bellas montañas, sabe bien por qué sonríe.
Alejandro Dolina afirma que los únicos paraísos que existen son los que hemos perdido. No voy a contradecirlo, ni afirmar lo mismo. Vaya cada uno a buscar su paraíso, no espere que muera alguien. Patee la inercia, la mediocridad. Ve a recuperar lo perdido, aunque te pierdas en el camino. Algo nacerá de tanta muerte, si lo buscas tú.
Y una canción, para acompañar lo que queda.
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